Violencia entre bandas criminales aumenta la inseguridad en Venezuela | THE LATAM POST
Caracas

 

La capital de Venezuela se ha transformado en una tierra sin ley, donde los  delincuentes y altos mandos de bandas criminales se dan el lujo de sitiar a los ciudadanos y paralizar a media Caracas cada vez que lo desean.

Ya no son extraños los violentos enfrentamientos entre bandas rivales o las operaciones policiales de grupos comando que, tal cual película de acción, bajan en cuerdas por edificios, disparan desde azoteas o llegan en columnas de 100 hombres para ingresar en una zona.

El pum, pum, pum, pum de las ráfagas y el silbido de una bala cuando pasa cerca, son sonidos que resultan familiares para muchos caraqueños que de inmediato saben que es el momento de protegerse debajo  de la cama, en un closet o en el baño, lo importante es evitar ser alcanzados por balas perdidas. 

Esas escenas casi cotidianas de terror jamás fueron imaginadas por los venezolanos hace dos décadas.  La principal razón por la que los ciudadanos votaron por el chavismo en 1998 fue para acabar con la inseguridad. la mayoría creyó que si un militar llegaba al poder, éste tendría mano dura con la delincuencia y Venezuela volvería a ser un paraíso para vivir.

Sin embago, pronto quedó defraudado el sueño de tener nuevamente ese país maravilloso y cálido que recibió a millones de latinoamericanos y europeos que migraban de sus tierras en busca de una mayor seguridad personal, infraestructuras modernas, eficientes servicios públicos, buen nivel de generación de empleo, oportunidades para emprender y tener empresas, acceso gratuito a la educación y a la salud y oportunidades de movilidad social ascendente para toda su población, incluso para los más desfavorecidos económicamente.

La esperanza de recuperar los niveles alcanzados en los 80 se destruyó al mismo tiempo que el chavismo comenzó con la política de atacar al sector productivo, satanizar a los empresarios, sacar a los militares a las calles para vender papas, arengar a grupos violentos para que atacaran e invadiera las propedades de otros y  ejecutara las primeras expropiaciones. Poco a poco todo  tendió a destruirse y a empeorar.

La inseguridad creció a niveles mayores de los que hubo antes de 1998  y  algunos sectores de Caracas y de las principales ciudades del país realmente se convirtieron en sucursales del infierno.

Delincuentes que controlan las cárceles

Los criminales pasaron a conformar poderosas y macabras organizaciones, muchas manejadas desde la cárcel, y lograron alcanzar un poder de fuego infinitamente superior al que hoy puedan tener los diezmados y desprofesionalizados cuerpos policiales. Los malandros venezolanos ya no tienen revólveres 38, ahora cuentan con varias Glock 40, granadas, ametralladoras, fusiles de asalto, rifes de francotiradores, entre otros.

A los líderes de las bandas, conocidos como «pranes», y a sus «causas» (los compañeros de presidio que les sirven a ellos), en muchos casos no les interesa salir de prisión, pues desde ahí manejan poder, dinero y múltiples «negocios» de drogas, extorsión, robos, secuestros, prostitución y sicariato, sin el riesgo de estar expuesto a que bandas rivales les traten de matar para quedarse con su zona o a que las fuerzas policiales les den de baja en una persecución. 

Es tal el poder de estos criminales que salen y entran de la cárcel cuando ellos lo desean y han llegado al extremo de armar protestas en las calles contra fallas en los servicios de agua y luz o contra algunos cambios en las normativas de la prisión, medidas que les limitaría, por ejemplo, las visitas familiares o el ingreso de algunos enseres.

 

Lo más insólito es que las veces que han salido a protestar, el régimen no ha reportado ni una fuga de estos grupos. Todos regresan por voluntad propia a la cárcel de la que evidentemente tienen el control.

Desde prisión manejan a sus «líderes de zonas», quienes en libertad ejecutan las labores para mantener el control de sus áreas y/o para expandirse arrebatando áreas a otros grupos rivales. A plena luz del día  aterrorizan a la población sin temor a la justicia.

Por las redes sociales ruedan fotos y videos de integrantes de estas bandas criminales con grandes sonrisas en el rostro mientras portan armas, levantan una cabeza como trofeo o ejecutan sus más cruentos crímenes.  Una cruda realidad que se vive con más intensidad en Caracas.

Los enfrentamientos pueden ocurrir en cualquier parte y a cualquier hora, sin embargo hay unas «zonas calientes» en las que son más seguidos los episodios de violencia.

Los delincuentes siempre suelen estar preparados, porque tienen infiltrados en otras bandas y hasta en los propios cuerpos policiales que les alertan cuando hay «movimientos de los jugueticos» o envío de «los peluches».

El segundo barrio más peligroso del mundo está en Caracas

Petare y La Vega son parroquias con las más altas densidades poblacionales de Caracas. Ambas están conformadas por decenas de barriadas y cada una de ellas tienen alrededor de dos bandas criminales que ejercen control de zonas.

En la lista de Bussines Insider de los barrios más  peligrosos del mundo, Petare ocupa la segunda posición. Es una zona dividida entre un área urbanizada (con muchos edificios, casas que alguna vez fueron de las más grandes de la ciudad y buen sistema de servicios públicos, que incluye el Metro y el sistema de Metrobus)  y una amplia montaña llena de caseríos con calles estrechas, empinadas, serpenteantes, pasillo interminables con casas montadas unas sobre otra, muchas con construcciones precarias, y miles de personas viviendo con terror y zozobra.

En Petare los ciudadanos viven a merced de Wilexis Acevedo, el pran más importante de esa zona, quien desafía al régimen de Nicolás Maduro y mantiene en jaque a los cuerpos policiales. Este delincuente en el pasado habría sido aliado del chavismo, luego se deslindó de la dictadura, aunque a la hora de cometer sus crímenes no le importa la posición política de nadie.

 

Wileixi Acevedo
«Wilexis» es uno de los delincuentes más peligrosos de Caracas

Vecinos aseguran que cuando estuvo cercano al chavismo, en algún momento fue nombrado juez de paz de la zona de Petare y desde esa época dirime las controversias de los vecinos. Sus decisiones deben ser acatadas integramente si no quieren enfrentar las consecuencias.

No todos en la zona le temen, algunos le estiman y creen que tiene «su lado bueno». Cada cierto tiempo ordenaría a sus hombres repartir comida, ropa o juguetes a los niños de la empobrecida barriada.

La banda de Wilexis extorsiona a los comerciantes de Petare. Desde las pequeñas bodegas hasta los grandes negocios deben pagar la «vacuna» si no quieren sufrir las consecuencias. Los cobros van desde 10 a 100 dólares por semana, dinero que supuestamente usarían paa garantizarle a los vecinos «la seguridad en la zona» y aportes solidarios para los más necesitados.

Ha protagonizados enfrentamientos que han paralizado a buena parte de Caracas y que han tenido en tensión a todo el país. El dictador Nicolás Maduro aseguró en mayo pasado que éste trabajaba con la DEA y que estaba involucrado en presuntos planes para derrocarle. Pero Wilexis le respondió negando tal acusación y señalando que sólo quería la «tranquilidad y dignidad» de su zona.

 

El territorio de «El Coqui»

En La Vega, por su parte, viven alrededor de 150.000 habitantes. También está divido entre una populosa área urbanizada y otra zona montañosa con casas improvisadas y callejones oscuros por los que transitan a diario sus pobladores. Un lugar bastante inseguro, donde los ciudadanos denuncian constantemente las amenazas que reciben de bandas que están en mano de personajes peligrosos como «El Coqui», «Vampi», «El Culón», «El Galvis», «El Loco Leo» y los «herederos de El Picure».

«El Coqui» mantiene el control de la Cota 905 (Foto: Cortesía)

Es una zona tan peligrosa que un viernes cualquiera, como este que pasó, puede dejar un saldo de 22 asesinatos. Aunque operan varios grupos, ante la opinión pública el control lo tiene Carlos Luis Revete, conocido como «El Coqui», uno de los delincuentes más buscados de Venezuela y que desde la compleja «Cota 905» organiza operaciones con no menos de 120 sanguinarios hombres. Su dominio no se queda solo en esa área, también tiene peso en los Valles del Tuy, una zona residencial aledaña a Caracas, donde tiene su segunda base de operaciones.

Su nombre empezó a sonar en el mundo delictivo en 2013, pero fue en 2015 que tomó el control de la banda en la que se encontraba luego de que la policía matara a su líder principal.

Esta semana protagonizó un intenso y largo enfrentamiento con las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES), pero no lograron agarrarle. Los hombres de «El Coqui» lanzaron granadas y amenazaron con usar armas de guerra de mayor potencia.

 

Del hecho de violencia quedaron 13 delincuentes muertos y dos vecinos del sector atrapados en medio del conflicto.

#Caracas La cifra de antisociales muertos en enfrentamiento con funcionarios de las FAES y DIP en La Vega asciende a 13. También se tuvo información de 2 casos adicionales que murieron tras ser alcanzados por balas perdidas disparadas por los antisociales cuando huían por la pic.twitter.com/eqhmbNJHdh

— Roman Camacho (@RCamachoVzla) January 8, 2021

El enfrentamieto se habría producido porque los hombres de «El Coqui» y  «El loco Leo» estaban en proceso de disputarse una zona y la policía entró en acción para ir contra ambos grupos.

#Caracas Durante varios días, habitantes de La Vega, han denunciado a sujetos armados en la Calle Zulia. Presuntamente serían aliados de la banda del Coqui, Garbis y Vampi, al igual que del Loco Leo. Piden a las autoridades policiales que devuelvan la calma al sector. pic.twitter.com/yHOfw8eFh8

— Roman Camacho (@RCamachoVzla) January 6, 2021

Y aunque a «El Coqui» le persiguen la policía y delincuentes rivales, él ni se inmuta, pues tendría planes inmediatos que le mantienen concentrado: expandir su dominio a toda la parroquia La Vega y, según información de prensa colombiana, empezar operaciones en Bogotá.

Para ayudar a despistar a quienes le siguen, «El Coqui» contrata a mujeres para que le trasladen en al menos una docena de carros que van cambiando a medida que pasa el tiempo, tendría varios puntos de resguardo y, además, ha conseguido una amplia red de «gariteros» y hasta de infiltrados en los cuerpos policiales, militares y en las bandas de sus rivales.

Los organismos policiales se preparan para más días de más enfrentamientos armados en la amplia zona.

150 dólares semanales le pagan a criminales

La primera razón y las más relevante para que los grupos armados sigan creciendo en Venezuela es la crisis económica. Estas bandas ofrecen atractivas sumas de dinero, entrenamiento, mujeres  y un estilo de vida “cómodo” a centenares de jóvenes para que se integren en sus operaciones. 

Zair Muranday, abogado y exfiscal del Ministerio Público venezolano, explicó que un amigo le envió los audios donde comentan el modus operandi de las bandas para captar nuevos miembros.

En los audios se puede escuchar que la banda del Coqui y sus aliados recorren la zona de La Vega con armas en mano y cuando ven jóvenes en la calle les piden que se unan a ellos a cambio de 150$ semanales, ropa de marca, zapatos, comida y armamento. Muchos jóvenes por el desespero aceptan pero lo que no saben es que la única forma de salir de esas bandas es muerto.

En una economía estable, donde pudieran conseguir trabajos dignos para sostenerse y salir adelante, probablemente estos jóvenes no habrían sido tentados por propuestas de ese tipo. Hoy la realidad en Venezuela es que hay quienes deben decidir entre aceptar esto o morir de hambre o ser asesinados por quienes le hacen la peligrosa oferta. Muchos no tienen escapatoria.

El sociólogo y director de la ONG Paz Activa, Luis Cedeño, explicó que las bandas delictivas tienen cierta importancia económica, aún más en este momento de cuarentena que aprovechan para ejercer un control social dentro de las comunidades vulnerables. Las bandas aprovecharon esa brecha para activar acciones “solidarias”.

“El apropiamiento del espacio empezó justamente con la zona de paz, y esa negociación que llegó al Estado para disminuir los homicidios; las bandas empiezan a tener un pie en las comunidades y tras el retiro del Estado, son reconocidas por los habitantes como las únicas autoridades del sector”, comentó Cedeño. 

Según el estudio elaborado por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), Venezuela experimentó entre 1991 y 2017 un incremento notable  de muertes violentas en toda América, al pasar de 13 a 50 homicidios o más  por cada 100 mil habitantes.

Ese incremento obedece a la cantidad de bandas criminales que hay en el país. Henry López Sisco,  excomisario de la policía política,  precisó en un foro organizado por el Tribunal Supremo de Justicia que hasta 2020 en Venezuela operaban 110 bandas criminales, además de algunos miembros de grupos terroristas como Hezbollah, en Barquisimeto y Margarita. 

Escalofriantes cifras de violencia 

El Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) estimó que para el año 2020 ocurrieron aproximadamente 11.891 muertes violentas, 45,6 por cada 100 mil ciudadanos, cifras por encima de otros países en latinoamérica, posicionándose como uno de los más peligrosos.  

Estatus de la violencia en Venezuela 2020 (Infografía: OVV)

Para octubre del año pasado el 88% de los sucesos violentos que ocurrieron en Caracas fue debido a homicidios y robos con estimado de 44% por cada uno, lo demás se divide en secuestro y lesión. 

 

Estatus de la violencia en Venezuela 2020 (Infografía: OVV)

 

“A la hora de analizar cuáles fueron los principales móviles de los sucesos violentos ocurridos. El robo apareció en 50% de los registros de prensa, 11% corresponden a venganza, otro 11% a ataques a cuerpos policiales y 6% a otros móviles” detalló el informe del OVV. 

Estas cifras muestran claramente que en Venezuela la violencia y la inseguridad no son detenidas ni siquiera por una pandemia mundial y que en el futuro próximo las bandas criminales estarán aún más equipadas y preparadas para imponer el terror en más territorios. 

Reportaje redactado en conjunto con Carola Briceño