Chile, la inquisición de Iquique

El destino quería eso. Fui un migrante en la Francia de Sarkozy, la Norteamérica de Obama y de Trump, pero a los 12 años recuerdo, con nostalgia, fui migrante en la Chile de Bachelet.

Por Sebastián Narváez Medina

Fui un migrante de cortesía y no de oficio. Fui uno más de tantos que atraviesan el continente escribiendo una historia de salvación. Es decir, nunca fui exiliado como millones de venezolanos a manos del comunismo fratricida, y aun así vive en mí el recuerdo de un nómada de profesión. Un intento por sobrevivir, nada diferente al de todos los días, con sueños e ilusiones. El destino quería eso. Fui un migrante en la Francia de Sarkozy, la Norteamérica de Obama y de Trump, pero a los 12 años recuerdo, con nostalgia, fui migrante en la Chile de Bachelet. Tenía todas las comodidades que nunca merecí, y aun así no dejé de ser un aborigen cafetero y analfabeto de la Colombia coquera de Pablo Escobar. En aquel entonces mis compañeros de élite chilena me superaban en edad, no por mucho, y fue reglamentario entender que siempre sería eso, porque así se les había educado.

La Venezuela de 1970 y sus décadas posteriores nunca advirtió el apocalipsis de los 2000 y los rezos de humo tabaquero sobre hordas de petróleo para convertir a una gran nación en caos. El mismo petróleo que fue utilizado una tarde de llamas Iquique para quemar vivos a los migrantes venezolanos que habitaban allí. Las imágenes, virales en las cadenas de primicia mas prestigiosas del mundo, revelaron a una chile inquisidora y chauvinista. No tengo palabras, no hay patriotismo suficiente que explique un fenómeno inquisidor y xenófobo, porque el nacionalismo pretende justo lo contrario, acercar a la conversión de la patria aquellos hijos biológicos y putativos que se han beneficiado de ella.

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La Venezuela de 1970 nunca los hubiera quemado por culpa de Allende ni de Pinochet. Cada carabinero, protestante y vecino de esa calurosa Iquique olvidó, en cada grito de auxilio de los chamos, a los migrantes chilenos que llegaron a esa Venezuela de bonanza y amnistía para rescatar su vida del abismo. Fueron salvados del frio del Aconcagua y del hambre de Salvador quien, con políticas similares a las de Nicolás los obligaba a pasar hambre, necesidad, dolor, sin misericordia alguna. Pero la memoria no tiene memoria, ni siquiera la mía, y los impulsos de un corazón sin piedad sacan en mí y en ti, en los chilenos germánicos y venidos de los Mapochos, las conductas más aberrantes del ser.

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Cada paso de un venezolano en el mundo trae a mí un recuerdo. Una buena tarde de junio en esa Chile de Scarpa y Barrenechea me permití dejar caer un helado de frutilla al adoquín. Estaba en Las Condes, en Santiago, y era una ironía en sí la paleta en el invierno. Tenía ya 13 años. Mi mirada llena de melancolía se clavó en el pavimento y se encontró de repente con unos sancos de Blahnik. Subí la mirada y la encontré a ella, nunca supe su nombre, de pelo rojo, dejó caer su cigarrillo sobre mi helado ahora de tierra y pronunció ‘puto peruano de mierda’. Mamá llamó mi nombre y ahí terminó el recuerdo, pero resucitan en mí las imágenes del carbón consumiendo las carpas en Iquique, la ropa de mis hermanos y los coches de sus bebés. Increíble, no tenían nada y aun así pudieron quemarles todo, su miseria, que es lo único de lo que no los han despojado.

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La diáspora venezolana salió corriendo del campamento sin auxilio de nadie. Los ilegales no son ellos. Ilegales quienes los incineraron, ilegales quienes roban y delinquen, pero uno no los califica a todos, ni a chilenos ni a venezolanos. Horas más tarde las cámaras mostraron lo poco que lograron rescatar del campamento, su dignidad. Arévalo Méndez, embajador del régimen comunista de Venezuela los visitó, los intentó comprar, les ofreció un avión de regreso al infierno. Con tan solo la ropa medio rota que modelaban y la compañía de unos con otros, la respuesta fue no. Nadie quiere regresar a la Venezuela de Chávez porque donde sea que estén, pobres y arrancados, han logrado tener más que lo que les queda de vida en su patria.

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Pasados los acontecimientos son muchos los chilenos que se han calzado en liquilique Orinoco y han abrazado el dolor de una raza. La igualdad no existe, pero la dignidad sí, y que gran dosis de dignidad que me han dado los venezolanos que dibujan caminos de libertad. Que gran dosis de misericordia que me han dado quienes, a pesar de su sangre europea, se aferran a sus principios morales para dar de comer y de vestir a quienes mas lo necesitan. La inquisición de Iquique, un camino de misericordia y redención para toda la América Latina que sigue siendo indiferente, pretendiendo que aquella patria llamada Venezuela es ajena a su existencia.

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